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2008/05/10

Cómo colorear un mandala II


Muchas veces un amigo, un terapeuta, un médico o un psicólogo nos recomienda colorear mandalas para superar ciertos problemas de ansiedad, estrés o depresión o, simplemente, para mejorar nuestra capacidad de concentración. El problema es que no suelen decirnos cómo hay que colorearlos ni nos explican la mejor manera de sacar provecho de esa experiencia.
Aquí voy a dar unos cuantos consejos, basados sobre todo en la experiencia personal, para poder hacer un seguimiento de nuestra propia evolución.

1. Elección del mandala.
Seamos un poco viscerales. Conviene escoger el mandala que realmente nos apetezca colorear en cada momento. Da igual si ya lo hemos coloreado en el pasado, o incluso si llevamos varios días seguidos coloreando el mismo mandala. Si realmente nos apetece hacer ese mandala y no otro por algo será. Seguramente nos daremos cuenta de que, en estados de ánimo similares, tendemos a escoger mandalas parecidos y a colorearlos de una manera parecida.

2. El lugar y el momento adecuados.
Conviene escoger un sitio tranquilo, donde no vayamos a ser molestados, y también escoger un momento del día en el que sepamos que podremos finalizar nuestra tarea sin interrupciones. Si bien no es obligatorio acabar el mandala de una sentada, sí que es recomendable hacerlo así. También conviene que escojamos un lugar donde nos sintamos cómodos y estemos a gusto. Podemos poner música pero no es recomendable tener la televisión o la radio encendidas. No es lo mismo escoger una música que esté en consonancia con nuestro estado de ánimo que tener que absorber lo que se emita en la tele o en la radio.

3. Llevar un registro.
También es conveniente tener un cuaderno o una carpeta en el que llevemos un registro de los mandalas. Podemos, por ejemplo, numerar los mandalas por detrás y luego, en ese cuaderno anotar el número, la fecha en que lo hemos coloreado, y las cosas que hemos pensado y sentido antes, durante y después de acabarlo. También podemos dejar un espacio en blanco para hacer anotaciones posteriores.

4. Elección de técnica.
Yo recomendaría, al menos para empezar, que se utilizaran técnicas con las que uno estuviera familiarizado y se sintiera cómodo. Siempre tendremos tiempo de incorporar nuevas técnicas y de experimentar. Otra vez, lo mejor es hacer lo que nos pida el cuerpo.

5. Elección de los colores.
Alguna gente se plantea de antemano qué colores quiere utilizar. Sin embargo, yo recomiendo dejarse llevar en cada momento y escoger los colores uno a uno. Planificar los colores a lo mejor resulta en un mandala más armonioso a nivel visual, pero ese no es el objetivo del mandala. El objetivo es expresar lo que llevamos dentro y, de la misma manera que al hablar de un tema podemos sentirnos arrastrados hacia otro tema, el hecho de usar un color puede hacer que sintamos la necesidad de usar otro. Decidir los colores de antemano resta espontaneidad y expresividad al mandala. No pasa nada si siempre escogemos los mismos colores, seguro que con el tiempo iremos evolucionando y sentiremos la necesidad de incluir otros colores en nuestro trabajo. De todas maneras, si estamos coloreando mandalas para Feng Shui, sí que vamos a tener que decidir los colores de antemano para ajustarnos a los elementos que queramos representar. En ese caso el objetivo es totalmente diferente al que tenemos cuando coloreamos mandalas como forma de terapia personal.

6. Simbología de colores y formas.
Se ha dicho mucho en cuanto a la simbología de los colores y hay mucha información en la red. Lo único que yo quiero añadir, porque me parece muy importante, es que seguramente lo mejor que podemos hacer es olvidarnos de ella, al menos de entrada. Lo que quiero decir es que, además de la simbología y el significado que tienen los colores en sí mismos, cada uno de nosotros le damos un significado a cada color, y cada color provoca en nosotros sensaciones y emociones diferentes. A la hora de usar el color como terapia, ese significado personal es seguramente el que más peso tiene.
En cuanto a la simbología de las formas, algo que tendría más peso si en lugar de colorear construyéramos nuestros mandalas, pasa lo mismo. Lo importante es poner los elementos que nosotros queramos poner, sin tener en cuenta lo que se supone que significa cada uno.

7. Intentar acabar lo que se empieza.
A veces podemos sentirnos incómodos al colorear un mandala. Es recomendable intentar acabar lo que se empieza, pero solo nosotros podemos evaluar hasta qué punto nos sentimos incómodos con lo que estamos haciendo. Evidentemente, si colorear un mandala determinado nos produce mucho estrés, lo mejor será parar y escoger otro, o parar y dejarlo para otro día. Si bien es posible seguir con el mandala en otro momento, yo recomendaría guardarlo inacabado durante un tiempo y, solo después, decidir si merece la pena seguir, o empezar de nuevo con el diseño totalmente en blanco.

8. No estamos haciendo una obra de arte, estamos sacando lo que llevamos dentro.
Tengamos esto siempre presente. Algunas veces tenderemos a no usar determinadas combinaciones de colores, o a no mezclar técnicas, o a hacer o dejar de hacer cosas por cuestiones artísticas. No estamos creando una obra de arte, lo que queremos es expresarnos, así que todo vale. Podemos mezclar técnicas, podemos usar collage en un trozo de mandala y acuarelas en el siguiente. Podemos mezclar colores que supuestamente no combinan bien. Nosotros decidimos.

9. Dejar reposar lo que se termina.
Antes he dicho que puede ser útil volver sobre lo que ya se ha hecho, observar el mandala terminado y anotar más cosas, pero no hay que abusar. Tenemos que aprender también a pasar página y volver sobre las cosas solo cuando sea necesario.

10. Aceptar los resultados.
A nivel estético unos mandalas podrán gustarnos menos y otros más que otros, pero todos valen, todos forman parte de nosotros y son la representación de un momento concreto en nuestra evolución personal.

11. Ser uno mismo.
Este consejo es el que resume todos los anteriores y es el más importante. Lo primordial es hacer lo que uno quiera hacer, como y cuando se quiera hacer, sin tener en cuenta ni hacer caso de las influencias externas. Al colorear un mandala estamos trabajando por y para nosotros mismos. No tenemos la obligación de explicar lo que hacemos ni de compartir nuestro trabajo con nadie. Podemos enseñar en mandala si nos apetece, pero no estamos obligados a explicar por qué hemos escogido un diseño y unos colores determinados, ni tampoco estamos obligados a explicar lo que sentíamos durante todo el proceso.

2008/02/22

Una cuestión de karma


Últimamente se oye hablar mucho del karma. “Todo lo que te haces vuelve a ti”. Es una ley de causa y efecto, por la cual somos responsables de nuestras acciones y debemos atenernos a sus consecuencias. Lo bueno genera buena energía y lo malo genera mala energía. Aquellas religiones que creen en la reencarnación entienden el karma como un aprendizaje constante, consecuencia de las vidas pasadas y que va más allá de la vida presente. Pero, sin ir tan lejos, las religiones occidentales también tienen algunos postulados que recuerdan el principio del karma. Son los que nos invitan a tratar a los demás como quisiéramos que nos trataran a nosotros y los que nos dicen que seremos recompensados por nuestras buenas acciones y castigados por nuestras malas acciones. En la cultura popular también podemos encontrar numerosos refranes que hablan de lo mismo: “Quien siembra vientos recoge tempestades”, “Quien juega con fuego se quema”.

Todos estos principios están tan grabados en la mente de los seres humanos desde hace tanto tiempo que, instintivamente, tendemos a esperar que los demás reaccionen como reaccionaríamos nosotros ante una situación determinada. Por lo general, nos cuesta imaginar que alguien pueda hacer algo que nosotros seríamos incapaces de hacer. Nuestra cultura, nuestra familia y los valores que vamos aprendiendo a lo largo de nuestra vida construyen un repertorio de conductas aceptables en cada momento, que habitualmente coinciden con las conductas que esperamos de los demás. Cuando los otros reaccionan de otra manera, con una conducta que nosotros consideramos no aceptable, nos sentimos sorprendidos y desengañados. Con el tiempo, acabamos por desconfiar de quienes habitualmente piensan que los otros van a comportarse de una manera no correcta. ¿Por qué? Pues porque si suelen pensar que los otros se comportarán así, es porque en circunstancias similares ellos reaccionarían de esa manera, con una conducta que nosotros consideramos incorrecta, y confiar en ellos sería arriesgarnos a que se comportaran así con nosotros.

Dentro de las tradiciones chinas y del Feng Shui también se contemplan esas cosas. Cuando se celebran fiestas importantes, como el año nuevo o una boda, tienen la costumbre de regalar unos sobrecitos rojos con algo de dinero dentro y con símbolos de salud, prosperidad y buena fortuna en el exterior. Al hacerlo, por una parte expresan sus buenos deseos para los demás, pero a la vez saben que solamente si dan podrán recibir. Pero esas no son las únicas ocasiones en que se intercambian sobres rojos. Se considera, por ejemplo, que trae mala suerte recibir los consejos o sabiduría sin dar nada a cambio, así que muchas veces un sobre rojo se usa para corresponder a un buen consejo. Hay que decir también, que no solamente se considera poco auspicioso recibir consejos sin dar nada a cambio, sino que también trae mala suerte dar conocimientos sin recibir nada a cambio. Al escribir sobre todo esto me ha venido a la mente una imagen: la mesa del maestro, siempre con una manzana que un alumno le había llevado. Hasta no hace mucho, era habitual que la gente tuviera un detalle con maestros, médicos y, en general, con aquellas personas que hacían un buen trabajo. El detalle podía ser material, o podía tratarse simplemente de un “gracias”, un apretón de manos o una sonrisa. Cada vez más sentimos que nuestro trabajo no es valorado por los demás pero, al mismo tiempo, cada vez nos cuesta más valorar y agradecer el trabajo de los demás en su contacto diario con nosotros. Quizá deberíamos empezar a plantearnos que las buenas energías deberían empezar por las cosas pequeñas y cotidianas, y que a nadie más que a nosotros corresponde iniciar ese ciclo, apreciando y agradeciendo todo lo bueno que nos llega de los demás.

Recordemos que nuestras vidas son la suma de la suerte del cielo, la suerte de la tierra y la suerte que nosotros decidimos con nuestras acciones. La primera está fuera de nuestro control y de nuestro alcance, el Feng Shui puede contribuir a mejorar la segunda, pero la tercera, la suerte del hombre, está en nuestras manos y depende de nosotros.